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Bastará un tenue fulgor para iluminar las tinieblas.

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miércoles, 7 de enero de 2009







Que una ínfima cantidad de casos de los considerados oficialmente “detenidos desaparecidos” durante la dictadura militar no lo fueran, debido a fallecer con anterioridad a los hechos o estar incluso hoy vivos residiendo en otro país, en ningún caso eclipsa que en el 99,9% restantes el estado haya procurado su muerte y su desaparición hasta nuestros días.

La desaparición forzosa de personas es quizá una de los más brutales dispositivos de tortura que se conozcan debido a la extensión del dolor producida con un escaso trabajo por parte de los verdugos. Los sobrevivientes saben que se los puede tragar la tierra en cualquier momento y que nada lo impedirá. La incertidumbre acerca de la muerte acrecienta el dolor de los deudos; las puertas cerradas y las mentiras oficiales actúan como un ácido ligero que carcome a cada uno de los sobrevivientes. El efecto que se procura pronto se consigue: El sometimiento. Nadie es suficientemente valiente para sustraerse de un miedo tan profundo; nadie está obligado a lo imposible y por ende, la santidad es excepcional.

Dentro de una cultura cristiana en general y católica apostólica en particular, el no poder despedir al cuerpo, a los restos mortuorios, velarlo y consiguientemente enterrarlo, produce una afrenta mayúscula comparable a la muerte misma. Ninguna tumba donde dejar una flor, una lágrima; o una lápida que encerar y pulir sólo como una madre dolorida puede hacerlo.

En Argentina se utilizó, durante la guerra sucia, la desaparición forzosa como un planificado sistema de exterminio físico de una generación que portaba una convicción y un pensamiento; en Chile, en cambio, el objetivo fue el exterminio moral de una generación completa. No se trataba tan sólo de evitar la interpelación nacional e internacional por ejecuciones sumarias por razones políticas, sino que aterrorizar a la población contraria al régimen evitando su rearticulación.

La política nacional de desaparición forzosa no habría funcionado sin los medios que hurgaban en la herida, con los artífices de la cruel ideología de la negación. El terror no era completo si es que no se negaba y hasta banalizaba el legítimo dolor y las urgentes interrogantes.

Tal cual algunos nazis aún niegan el holocausto, algunos pinochetistas aún insisten con la estupidez que los desaparecidos no fueron más que un invento del marxismo internacional.

El mínimo margen de error del informe Rettig, mediante el indefendible trato que le ha dado la prensa, ha alimentado el delirio de este grupo minoritario pero que bien a logrado ubicar a sus hijos en cargos de poder. Como líquido revelador ha actuado sobre la esquiva realidad mostrando a todo color a todos los momios que conseguían dormir en paz tapando el ruido de los torturados con páginas del mercurio o ediciones especiales del canal nacional.

Tras veinte años de campaña que ha evitado que alguien diga que eso nunca ocurrió siguen muchos viviendo en esa realidad alterna. Y qué duda cabe, muchos de ellos son periodistas. Esa es la razón por la cual un par de casos desaten una reacción en cadena que busca negar lo que está claro: Las personas que desaparecieron no fueron abducidas, ni entraron en una puerta interdimensional; está acreditado que las fuerzas armadas asesinaron y luego buscaron esconder sus atrocidades y sembrar la incertidumbre en todo un pueblo.

Y está claro que su objetivo era imponer las instrucciones de la clase dominante en un momento crítico en que sus campañas comunicacionales habían sido insuficientes. Y está claro que consiguieron a unos cuantos perros para que ejecutaran la tarea pues, como reza el dicho, siempre podrá contratarse a la mitad de los pobres para que mate a la otra mitad.

No han reaparecido algunos detenidos sino que se ha demostrado que fueron mal calificados como tal. El que eso haya ocurrido no debe más que alegrarnos pues es una grata noticia que un par de personas se salvara de tamaña masacre.

Y lo que debe alertarnos lo sucedido es sobre la falaz ideología de la educación de los derechos humanos, en procura de una cultura que por sí asegure el nunca más: Las muertes, las desapariciones y las torturas no son más que la fase terminal de una crisis que hoy mismo se encuentra desatada, de un mundo en que unos mandan y otros obedecen, unos se benefician y otros se perjudican. Ninguna educación ni cultura nos librará de futuros holocaustos mientras no solucionemos la cuestión estructural que los producen.
martes, 6 de enero de 2009







Una breve guía para combatir la amnesia.

Nuestros compatriotas con dificultad recuerdan lo que ocurrió a principios del año recién pasado por lo tanto resultaría pedante referirse a diez años atrás sin antes efectuar algunas precisiones.

Nos gobernaba Eduardo Frei Ruiz Tagle, imperturbable tecnócrata de derecha, hijo de Eduardo Frei Montalba conocidísimo agente de la CIA y del Vaticano hasta su misterioso deceso en 1982. Chile se encontraba sumido en una crisis económica que obligó a muchos a dejar sus estudios, sus empleos y sus esperanzas.

Nuestro presidente se lavó las manos culpando a medio mundo por la crisis menos a su equipo económico mientras, se paseaba por el cono sur del brazo de sus dos grandes amigos: Alberto Fujimori y Carlos Saul Menen.

Una vez por semana abría las puertas de su casa, un palacete ubicado al frente de la plaza de la constitución política del ochenta, a cuanto programa estelar diurno, nocturno o matinal lo requiriera. Martita Larraechea, por lejos la peor primera dama que nuestro asilo contra la opresión recuerde, conversaba largo y tendido sobre los agujeros de los calcetines de su excelencia o de sus cólicos en Tailandia.

Cada chileno era acosado con la incesante pregunta: En qué momento elegimos a este pelotudo.

El nuevo año comienza con una espeluznante noticia: El pelotudo vuelve, y en plena crisis económica.

Para contrarrestar los efectos nocivos de un triunfo de Sebastian Piñera, un tecnócrata de derecha, se ha optado, por la docena de carcamales que rigen nuestro devenir electoral, que lo enfrente otro tecnócrata de derecha. Para derrotar a un empresario especulador financiero qué mejor que compita con él quien le abrió de par en par el país a los especuladores. Para evitar que sucumbamos al conservadurismo moral de la derecha qué mejor que un ingeniero del prohibicionismo se haga cargo de todo.

Y cada compañero, de barba y traje verde oliva, dirá sin ruborizarse: “no podemos tolerar que un empresario se haga cargo del país”. Quizá su ferviente celo al evangelio hegeliano marxiano leninista le permita distinguir entre excrementos y estiércol. Para los mortales, aquellos que soportamos la realidad sin maquillajes, tales sutilezas son imperceptibles.

Insulso, la gran carta de la “centro-izquierda”, quien gastó millones de la OEA en viajes turísticos a nuestro país, era un candidato tan malo como Frei, por favor ¡que no se nos olvide!. No estaba obligado a reclamar a Pinochet cuando estaba preso en Londres, por más que su jefe – el presidente Frei – se lo ordenara. Tenía la opción de renunciar ¡que no se nos olvide!. Ser ministro no obliga a ser un traicionero de las creencias más íntimas, ni aún en tiempos de guerra. Insulsa nos ha tratado de imbéciles por años vendiéndonos su cinismo y su adicción al poder como un acto de amor a la patria.

Y Eduardo Frei Ruiz Tagle, nos ha contrabandeado la sospechosa muerte de su padre cada vez que la justicia poética lo ha confinado al anonimato.

Armando Uribe dijo en su momento: Frei por lejos ha sido el presidente más tonto que ha tenido el país. Se le olvido mencionar que sus seis años de mandato presidencial son por lejos el gobierno más derechista que ha padecido el país desde la época de Manuel Montt.
lunes, 5 de enero de 2009

Año nuevo en un mundo viejo.



La pirotecnia escandila a los intemperados espectadores mientras la metralla penetra las débiles murallas de Gaza.

Los deseos de prosperidad se evaporan junto a las burbujas de las champagne y la carne ametrallada.

Para recordarnos que el mundo no ha cambiado, que todo esto no es más que un burdo rito, Israel patea a su famélico perro que agoniza en su jardín.

Hoy todos somos palestina pero aún peor, también somos Israel.

En un viejo mundo que no es más que un patio de colegio en que abusadores acosan a los listos; toneladas de estiércol sobre los verdes prados, como ha sido siempre y en todos lados donde la memoria nos recuerde.

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