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martes, 23 de diciembre de 2008

La mitad de los niños en Chile no aprende a comunicarse por escrito.

Cada año los resultados de la prueba de selección universitaria producen una efímera escandalera debido a que confirman cómo nuestra sociedad se ha feudalizado. La educación no cumple ninguna función de movilidad social sino que tan sólo amplifica la brecha ya existente. Cada niño en Chile obtiene resultados académicos dependiendo del dinero que sus familias invirtieron en él y el nivel cultural de los pares. La educación pública, vista desde ese prisma, sólo consiste en un enorme desperdicio de tiempo y recursos pues si la derogáramos la diferencia producida sería insignificante.



Ernesto Schiefelbein, premio nacional de educación y ministro de educación por tres meses en los noventa, en entrevista en radio Bio Bio el día lunes 22, señaló que en dos años se podía revertir el proceso. Sus recetas no fueron las de un gurú, un catálogo de ideas prefabricadas “llame ya” como sí parecieran las de Mario Waissbluth de educación 20 20, sino las de una persona que conoce la complejidad de la situación y por lo tanto su simpleza.



El problema estaría en que la mitad de los niños no aprende a comunicarse por escrito porque no aprende a leer ni a escribir. No se trata que no sepan escribir su nombre, o leer la portada del diario “la Segunda”, se trata que no pueden entender instrucciones escritas de mínima complejidad, como las instrucciones de cocción de un puré de papas deshidratado, ni consiguen expresarse de ese modo. Los indicadores sobre alfabetismo funcional confirman e incluso exhiben una realidad aún peor: Un ochenta por ciento de los chilenos no consigue comunicarse por escrito.



¿Cómo revertir esta tendencia? ¿Cómo hacerlo en dos años?



Waissbluth propone hacerlo en diez años realizando millonarias inversiones que permita jubilar anticipadamente a los docentes mal evaluados, disminuir las horas de trabajo de los docentes y perfeccionarlos en el extranjero.



Schiefelbein, en cambio, sin preocuparse de lo que no tenemos, hace gala del dominio de una parte de la economía que se ha olvidado en un mundo en que se cree que todo consiste en invertir y se concentra en cómo producimos resultados en el actual estado de cosas. Recordemos que hasta apenas veinte años Chile era un país pobrísimo y sin embargo los resultados académicos nunca antes habían sido tan malos.



Si el problema es el analfabetismo funcional, y es eso lo que impide que los niños logren, aunque estudien toda la vida, progresar académicamente, lo que debe hacerse es alfabetizar. Los niños ricos llegan al primer año de enseñanza básica con tres mil palabras en su léxico, sin embargo los pobres con quinientas. Esto es reflejo del contexto en que estos niños han sido criados y cuanto han sido estimulados. La cuantiosa inversión en educación pre escolar en este gobierno sería una medida acertada pero debe combinarse con otras: Los mejores profesores son quienes deben alfabetizar es decir, quienes deben hacer clases a los primeros años. En cambio lo que ocurre es que los mejores docentes son “desperdiciados” en los cuartos o quintos básicos. Además todos los profesores deben estar capacitados para alfabetizar, y más aún, hacerlo en contextos en que los educandos posean un léxico de tan sólo quinientas palabras.



Realizar estos pequeños cambios implicaría una verdadera revolución pues la capacidad de desarrollar las capacidades intelectuales depende necesariamente de nuestra posibilidad de comunicarnos. Las recetas de Waissbluth podrían no servir de mucho, y redundar en un pródigo voluntarismo, si es que no se resuelve el problema en su inicio.



Las sencillas y baratas medidas de Shiefelman nos llevan a la siguiente disyuntiva: Porqué no se implementan.



Es aquí donde nos topamos con la política es decir, la discusión sobre la educación no es una cuestión técnica sino que íntimamente vinculada con el poder en la sociedad. En primer lugar se enseña una determinada manera de mirar el mundo, el mismo lenguaje es una expresión de un mundo querido por algunos e inconveniente para la mayoría: Religión, patriotismo, chauvinismo, autocomplacencia, conformismo, etc, son parte integrante del currículo formativo en cada escuela. Eso explica el porqué en lugares en que los índices en educación descollan, por ejemplo en Australia, su población discurre dentro de un imbecilismo ilustrado y de última tecnología.



De todos modos entre el embrutecimiento australiano y el chileno existen grandes diferencias económicas que nos hacen preferir el primero al segundo. La pobreza del país podría erradicarse en muy poco tiempo si la población chilena adquiriera las habilidades mínimas para competir dentro de un mundo tecnologizado. Con esto quiero decir que tal cual los Hindúes, por ejemplo, podemos aspirar a dejar desempleados a un estadounidense por ser más capaces que ellos para un ruin empleo. El caso es que hoy por hoy un niño chino de doce años deja cesante a un chileno porque trabaja por menos de la mitad del salario y en trabajos de mediana complejidad nuestros compatriotas con suerte llegan a prender y apagar la computadora.



El que el sistema capitalista esté llegando hasta su máxima expansión posible impide pensar en un desarrollo económico nacional sin que esto no sea a expensas de otros. La competencia no es del hombre en contra del medio ambiente como parecía ser hace cien años sino que en contra de otros seres humanos a quienes les disputamos el pan en su propia boca.



Si los alemanes tienen problemas para conseguir empleo ¿Qué nos hace pensar que nosotros podremos sí?



Desde luego que cualquier visión progresista en estos momentos es utópica pero dudo que sea un fundamentado cinismo de nuestra clase dirigente lo que impida apostar a que al menos para los chilenos no sea todo tan catastrófico.



El estudiar con la élite de nuestro país me enseñó algunas lecciones: Mis compañeros, por los cuales sus padres habían pagado entre cincuenta y cien veces lo que habían hecho los míos y el gobierno de chile por mi, debían recurrir al amigismo, a la obscena adulación a los docentes, y hasta a los funcionarios dependiendo del caso, para distinguirse en aquello, que se supone, podían conseguir disponiendo de sus conocimientos. Si algo aprendí es el miedo, o más bien, el terror que le infundíamos aquellos que no comprendían ni controlaban; que no pedíamos permiso ni bajábamos la cabeza, y que estudiábamos antes que reírnos de las bromas de mala calidad de los profesores o de ir a buscarles un café.



Los mejores alumnos, se supone, son los que obtienen mejores calificación y a posteriori los mejores empleos y salarios. Pero las mejores calificaciones en nuestras universidades se negocian o se imponen, no provienen de la libre competencia, y los buenos salarios se obtienen gracias a la colocación nepótica o a la influencia traficada. En este país, en general en este sistema pero en específico este ruin país, no se requiere de profesionales competentes sino que de obreros dóciles y obsecuentes con bonitos diplomas colgados en sus oficinas; y para administrar esa provinciana ínsula cualquier Sancho Panza basta y sobra mientras sea de confianza.



En tales circunstancias el embrutecimiento a la chilena es una carta de garantía para los ricos pues su miedo es reflejo de cuan inseguros están en sus conocimientos aunque hayan gastado una fortuna en obtenerlos.

2 comentarios:

JORGE dijo...

NO SE PORQUE SE ME VIENE A LA MENTE LA IMAGEN DE NACHO CASTILLO TRAYENDONOS A ZACARACH DESDE BRASIL,CREO QUE HOY PUEDO DORMIR MÁS TRANQUILO

Erzsebet dijo...

Sin comentar hoy del articulo, pasaba por tu blog para desearte los mejores deseos en este nuevo año que ha llegado!!! y mandarte un gran abrazo
besotes

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