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domingo, 28 de febrero de 2010

Cuidado con la “doctrina del shock”.

Por Ariel Zúñiga Núñez


Le pido por favor a los medios que no hablen de saqueos ni que los saquen en vivo, pues cuándo lo hacen la gente va a esos lugares para saquear”

Hols Paulmanm, multimillonario, dueño de varios supermercados.

Pero no. Aún no se iniciaba la revolución. De haber sido así al menos tendría a qué atenerme, en vez de permanecer en esa horrible y cada vez más intranquilizadora situación, en que las cosas se producían de manera repentina, inaudita, justo cuando una empezaba a confiarse. Entre explosiones venía la calma. Una calma engañosa, como la arena movediza del desierto de Atacama.”

Sillie Utternut, Revolución en Chile.

Si las sociedades más simples tenían las danzas y los relatos, estas nuevas sociedades poseen doctrinas y mitos conservados por un cuerpo de especialistas ideológicos. La fórmula básica consiste en lo siguiente: lo que es debe ser y lo es adecuadamente.”

Erns Gellner, Antropología Política.


A más de veinticuatro horas de mi última crónica la información recién comienza a circular. Como una especie de acto fallido de los medios más que porque su voluntad se encamine en ese sentido, algo podemos saber, no porque el ejercicio periodístico se ejerza competentemente.

Porque por una parte esta catástrofe ha demostrado la fortaleza material, en infraestructura, pero por la otra ha dejado en evidencia a un país de papel maché, vulnerable hasta el ridículo.

Cuando un terremoto afectó hace más de un año a la ciudad de Pisco y sus alrededores en el Perú dejé mención de los estúpidos discursos nacionalistas provenientes de un país incapaz de proveer de agua y alimentos a más de tres días de la catástrofe, ¿con qué logística atravesarían el desierto?

Chile, como en muchas cosas, en este aspecto también ha demostrado estar casi a la par con nuestro vecino del norte.

Un maremoto afectó a casi cuatrocientos kilómetros de borde costero, a las islas de bandera chilena en el pacífico, provocando cifras aún no acotadas de víctimas fatales. Nuestras autoridades habían descartado enfáticamente dicha posibilidad. Los medios exhiben imágenes de saqueos en supermercados, condenando los actos, pero omitiendo que el gobierno no ha satisfecho la demanda de alimentos y agua de los damnificados. Los gendarmes disparan a mansalva en contra de presos que huyen de una cárcel que se derrumba, el silencio se impone en un país en guerra consigo mismo. Nuestra vulnerabilidad ante los peruanos es comparable a la de ellos ante nosotros; nos derrotarían cortándonos la electricidad, dejándonos sin teléfono celular por unas cuántas horas. Una eventual guerra con el Perú me parece, ante la emergencia de estos hechos reveladores, una pendencia entre borrachos.

La víctimas del maremoto descartado.

La mayor cantidad de víctimas de este terremoto han sido producidas, al igual que en Valdivia en 1960, por el maremoto -denominado también Tsunami- que siguió al movimiento telúrico. Durante años se ha alertado a la población con las medidas que deben adoptarse a continuación de un terremoto si se vive en el borde costero. La razón de esto es que los movimiento sísmicos tienen, en su gran mayoría, su epicentro en alta mar. Al moverse una placa tectónica en el océano se produce una onda, similar a la de una piedra al caer en una posa de agua, que dependiendo del tamaño produce desde marejadas hasta maremotos. El Tsunami del océano Indico nos ilustró al respecto.

Después del terremoto las emisoras de radio funcionaban pero sus departamentos de prensa no. No existían noticias, sólo las locuciones de periodistas tanto y más desinformados que sus auditores. Con mi abuelo sintonizamos con un viejo equipo AM -de amplitud modulada-, emisoras radiales transandinas, de Mendoza y Neuquén, a través de ellas supimos el servicio de geología de los EEUU había alertado de un terremoto de 8,5 grados ritchter a 95 kilómetros al noroeste de la ciudad de Concepción. Es decir, aproximadamente, unos pocos kilómetros hacia mar abierto de las localidades de Chanco o Pelluhue. Dicha información exigía evacuar de modo inmediato al menos mil kilómetros de borde costero, desde Valdivia hasta La Serena aproximadamente. El terremoto de Valdivia afectó una franja de borde costero similar a ese, causando daños desde Concepción a Chiloé, en especial al puerto Corral, Puerto Saavedra, Ancud y a las caletas de Niebla, Maullín y Queule. En aquella oportunidad fue barrido con un Tsunami Hawai y el Japón, a miles de kilómetros hacia el poniente.

Una hora después del terremoto recién la radio Bio-Bio comenzó a entregar información, la cual era de pésima calidad debido a la dependencia a los teléfonos celulares y la internet. Pero la información oficial que reproducían era la siguiente: “Terremoto de 8,5 grados, 95 kilómetros al NORESTE de la Ciudad de Concepción. Se descarta cualquier posibilidad de tsunami”. Con esto replicaban lo dicho, según ellos, por la ONEMI (oficina nacional de emergencia).

A las seis de la mañana (dos horas y veinte minutos después del terremoto), un tsunami barrió el archipiélago de Juan Fernandez, ochocientos kilómetros hacia el oeste del puerto de San Antonio. El resultado, hasta el momento, ocho muertos y veinte desaparecidos.

La información de la ONEMI no sirvió de mucho en Talcahuano, Constitución, Iloca, Duao, San Antonio, etc, que fueron barridos con olas entre tres y veinte metros a minutos del sismo. Pero sí fue la responsable que la isla de Juan Fernandez no fuera alertada, pues en dicho lugar no se sintió el movimiento telúrico por lo que sus habitantes no tenían el modo de saber que una ola de tres metros, pero a quinientos kilómetros por hora, los embestiría.

Se debe consignar que era tal la convicción de los periodistas Nibaldo y Tomás Mosciatti de la calidad de la “información que disponían” que relativizaban los informes que les comenzaban a llegar desde La Serena y Constitución. En la cuarta región, y desde el litoral central contiguo a Santiago, se les alertó de marejadas y recogimiento anormal del océano (esto a casi ochocientos kilómetros del epicentro). Un radio aficionado del Maule logró enviar un comunicado en que hablaba de la ciudad de Constitución completamente inundada. Estos relatos fueron a las cinco y media de la madrugada (el terremoto fue a las 3:34 hrs). Recién en la noche de ayer la prensa comenzó a exhibir las imágenes de los pueblos arrasados por el maremoto. Se debe dejar constancia del excesivo cuidado de llamarl el fenómeno por su nombre, hablaban de olas, mareas, marejadas, cuasi tsunamis, mientras se veía un buque albacorero tres cuadras hacia el cerro en Talcahuano, es decir igual que la clásica imagen del puerto de Corral en 1960, o camiones de veinte toneladas de tara aplastados como una lata de cerveza.

Fuga de presos y saqueos varios.

La “ley de fuga” es una gran falacia que muchos siguen reproduciendo desde los aciagos días de dictadura. La norma, al menos lo que se deduce de la lectura de las normas pertinentes, es que los presos tienen el derecho a fugarse en vez que los custodios derecho a abrir fuego en contra de los que se intentan fugar. La libertad es la regla, cuando el estado limita su ejercicio, aunque sea motivado por un delito cometido por un ciudadano, sus atribuciones deben interpretarse restrictivamente. Quien debe asegurar la custodia es el estado, si las murallas de una cárcel colapsan y nada impide que los reos accedan a la calle, el que gendarmes disparen haciendo valer una sobrepasada linea de fuego, se trata de un homicidio alevoso. Ni en tiempos de guerra se autoriza que se dispare en contra de las muchedumbres desarmadas. Qué se puede esperar en un país en que hasta a los sospechosos que huyen se les dispara por la espalda.

Casi trescientos habitantes de una cárcel en la zona del terremoto se fugaron. Los gendarmes dispararon produciendo casi diez muertes.

Informaciones que se filtran, lapsus liguae de los periodistas que de modo fallido van describiendo el estado de guerra interna que ha quedado sumido parte del país luego de la catástrofe.

Antes de decretarse la excepción constitucional ya se había instalado de facto.

Es cosa de ver la reacción policial, e ideológica, destinada a contener a los saqueos, los cuales son comprensibles y justificables a todo evento pues el estado ha sido incapaz de procurar los servicios básicos: agua, electricidad y alimentos.

Cómo sobrellevar la vida luego de esto.

Si no me equivoco fue Alberto Edwards en su “Fronda Aristocrática” quien culpaba a los terremotos del particular carácter de los chilenos. Seríamos inconstantes, a “medias”, incapaces de sostener esfuerzos por mucho tiempo, debido a que los periódicos terremotos nos obligan a contemplar la futilidad de todos los esfuerzos. Los chilenos seríamos lo inverso al “espíritu protestante” de Max Weber: En vez que laboriosos perezosos, en vez que metódicos dispersos, “al lote”, en vez que productores parasitarios matuteros, en vez que proyectar vivimos “al día”. No seríamos de ese modo por las determinaciones climáticas de las cuales hablaba Montesquieu; no somos “bananeros”, como de forma burda nos apuramos en aclarar, porque nuestro clima no es tropical sino que mediterráneo.

Estas ideas provengan o no de Edwards se instalaron en el sentido común de nuestras elites y prosperaron hasta que se instaló el mito de los “chilenos jaguares” desde finales de los ochenta.

Gabriel Salazar, a contracorriente de estos lugares comunes, explica este carácter por haber sido dominado Chile por los “mercaderes” en vez que por los terratenientes agricultores o los productores industriales. Pensemos que la historia de Argentina y Brasil se comprende gracias a la tensión de rurales terratenientes y urbanos industriales, tal cual como la de los EEUU entre el norte y el sur que produjeron la guerra de secesión. Brasil es el ejemplo puro y aún existe un sur industrializado y norte ruralizado, Italia es otro caso aunque la polaridad es inversa. En Chile, en cambio, el control lo tomó desde un comienzo la aristocracia “bancosa” de la que nos hablaba Vicente Huidobro, la casta de los especuladores y rifleros como Diego Portales y Palazuelos.

Como sea el caso los terremotos sí son parte de nuestro carácter, imposible que no influyan. Veo a muchos inmigrantes y turistas que prefieren habitar las plazas públicas en gran parte porque el sismo les ha producido pánico. El chileno medio se ha tomado la calamidad con una parsimonia envidiable. En un principio era el estupor, el pasmo, el síndrome de stress pos traumático, pero luego quedó demostrado que estamos socializados en el terremoteo, que lo que devastaría a cualquier ser humano para nosotros es tan normal como un aguacero; la peor tragedia no es más que un pequeño contratiempo.

Alguien que ha perdido todo ¿Cómo recomienza su vida?

En nuestro país es excepcional contratar seguros, en especial por sismos. El estado jamas ha promovido que se generalice esas conductas. Todo funciona “por mientras”, “si dios quiere”, una forma tácita de decir “hasta el próximo terremoto”. Es imposible que un pueblo prospere con la amenaza permanente de ser arrasados. Las normas de construcción, y su exigibilidad, se han desarrollado al ritmo de la última tecnología, eso explica que el país no esté en el suelo. Pero si los 8,8 grados ritchter se hubiesen desatado en la falla de San Ramón, profusamente habitadas por millonarias casonas, ninguno de los esfuerzos que prodigamos habrían servido de mucho, la ciudad de Santiago habría sido borrada del mapa. Los documentales catastrofistas del Discovery Channel se habrían quedado cortos.

Es muy extraño que un país pueda vivir relajadamente acosado ante amenazas reales de tal magnitud. Es como los napolitanos en las faldas del volcán Vesubio, el mismo que arrasó a Pompeya. Vivir en Chile es habitar Strómboli. Es un bello paraje mediterráneo, con vista al mar y la cordillera, pero acosado por demonios reales que cada menos de un lustro nos regalan un terremoto o erupción volcánica. Los departamentos de la Villa Olímpica aún están sostenidos con los pilotes de “emergencia” instalados en el terremoto de 1985. Aún no se terminan las obras de reparación por el último terremoto en el norte del país o por la erupción en Chaiten y ya debemos contar con tres ciudades grandes y decenas de poblados que hoy no son más que escombros y aturdidos sobrevivientes.

Los japoneses son lo que son, entre otras cosas, por sus terremotos. También nosotros hemos forjado nuestro carácter en la sismisidad. Pero está muy claro que no somos japoneses.

Cientos y quizá miles de muertos.

Ochocientos muertos hasta el momento. Esta cifra está aumentando y aún crezca, al punto de duplicarse o triplicarse, se trataría de un pequeño saldo en consideración a la magnitud de la catástrofe.

Se debe en gran parte a nuestro diligente modo de cargar la cruz de las periódicas catástrofes, y también a la baja densidad poblacional de nuestro territorio, que aún en los sitios más poblados es insignificante. Lo último hace diametralmente opuesta la ocurrencia de víctimas aquí y en el océano índico en atención a que el maremoto que hemos sufrido es tanto y más grave; el terromoto, por su parte, se compara casi tan sólo con otros ocurridos en Chile: El de Chillán (el del siglo XX) y el de Valdivia de 1960.

La marraqueta debajo del brazo.

Pero el más afortunado de todos los chilenos sobrevivientes es Sebastián Piñera.

Recibirá el país en estado de excepción constitucional en una de las zonas más aguerridas del país, la octava. Por otra parte, económicamente la destrucción es el mejor motor, o quizá el único, para reactivar un país en recesión, aquello que se denomina un “aumento de la demanda agregada”.

A todos se nos destruyó una muralla, un tejado, los cristales; todos debemos consumir tarde o temprano esos productos, contratar albañiles o carpinteros. Sólo la guerra y la catástrofe poseen la virtud de producir crecimiento en una economía exigüe.

Ya se ven los primeros efectos, la histeria colectiva en lugares plenamente abastecidos, alentada por la prensa y su compre-compre, producirá escasez de ciertos productos por algunos días, es obvio, no hay mercado que soporte el consumismo de pánico. Pero pronto las vitrinas rebosarán nuevamente de productos. El IMACEC registrará el “crecimiento” del país aumentando el valor de la UF, a pesar de haber retrocedido un par de décadas, habiéndose destruido el turismo y afectado las comunicaciones internas y externas. No es una paradoja, es la aplicación de las burdas técnicas econométricas.

Ojo con el capitalismo del Shock.

No olvidemos los juicios de Naomi Klein: Las catástrofes son utilizadas para contrarrevoluciones capitalistas neoliberales de amplio espectro, en que se aplican medidas que en época de normalidad serían imposibles.

Es que el derecho está pensado para los tiempos de paz, normalidad posterior a la pacificación. En los tiempos en que las multitudes se guían por su propio parecer, como las imágenes que se muestran ahora de Concepción, es regibus solutos, tiempos sin dios ni ley.

Piñera podrá hacer lo que quiera so pretexto del terremoto. El estado de catástrofe puede utilizarse para una amplia gama de funciones, muy pocas de ellas destinadas directamente a la reconstrucción del país pues ella será espontánea o no será, como siempre ha sido en un país acostumbrado a las calamidades. Es poco lo que pueda avanzar el capitalismo en Chile dirán algunos, pero el aumento de represividad del estado chileno ha sido constante y es el gobierno de Bachelet quién hará más dura la mano. Luego entregará el poder casi ilimitado de la “reconstrucción” a Piñera, y en bandeja.

Nos esperan duros días. Nuestra prensa dependiente del macro empresariado y del gobierno, ya elabora excusas de antemano para el aumento de víctimas, esta vez por armas de fuego proveniente de un gobierno acostumbrado a disparar en contra de los suyos. La normalidad no volverá a Concepción o a Talca por sí sola, se impondrá, como siempre ha sido, a sangre y fuego. Y el país funcionará normalizado, hasta la próxima sorpresa de nuestra loca geología.



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1 comentarios:

Emeraude dijo...

Dos frases extraídas del libro ' la estrategia del choque; la subida de un capitalismo del desastre ': la hipótesis desarrollada por la escritora N.Klein es ésta; cuando una tragedia, un desastre tal como un terremoto golpea a una población, un país, la población es tanto chocada que el gobierno en sitio gasta estrategia siguiente ' encontrar soluciones de recambio a las políticas existentes y mantenerlas hasta que nociones políticamente imposibles se hagan políticamente inevitables. ' y ' ...... un nuevo gobierno goza de un período de seis a nueve meses en el curso del cual puede operar cambios. ' ¡Que puede esperar a los chilenos frente a un Sebastian Piñera, multimultimillonario en Chile psicológicamente ya agotado !? Librosphère

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