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jueves, 5 de septiembre de 2013

Santiago 4 de Septiembre de 20123
Ariel Zúñiga Núñez ( @azetaene )
A mediados de los noventa el suplemento Artes y Letras del infame Mercurio publicaba entre dos y tres artículos por edición que condenaban al relativismo moral en boga.
Una exhibición grotesca de la hipocresía del decano, se recurría, a destiempo, a glorificar a Jaques Maritein o a Solzhenitsyn luego de comulgar, y hacer comulgar a los lectores por años, con los despiadados folletines de Milton Friedman y Von Hayek.
Para nuestra esquizoide derecha fue coherente desde el principio ser piadosos religiosos, hasta el fundamentalismo y la histeria, y al mismo tiempo predicar una política, una economía política, del abandono a las apetencias viscerales las cuales sólo serían juzgadas una vez muertos los criminales. Y lo más probable es que fueran indultados ya que el camino al cielo está tapizado en malas intenciones y horripilantes pecados. Los deseos más viles desatados fuera de la iglesia dejaban, hasta para el más pechoño, 23 horas diarias para pecar. Y nada como el pecado para maximizar las ganancias, para reactivar una economía estancada por intentar hacer prevalecer al cristianismo fuera de los templos y conventos.
El relativismo que acusaba, hipócrita y a destiempo el Mercurio, no era más que un traje confeccionado a la medida de la “transición” que no es otra cosa que la continuación del terror dictatorial por otros medios.
Coincidió con la amallada “vuelta a la democracia” la caída de los socialismos reales de occidente y los pútridos pilares de la izquierda, carcomidos por años, pero arrasados por la plaga de termitas del mayo del 68'.
El relativismo era lo que escupía el niño alimentado por años de panfletos de izquierda y derecha mientras veía al mundo predicado arder en sus pupilas.
El Mercurio, como letal veneno, necesitaba disipar las dudas y anatemizar las interrogantes; era imperativo que se aceptara a nuestro modo de organización social como el único posible y más, que la resignación trasuntara en un apoyo decidido al capitalismo hegemónico. Los esclavos no sólo debían aceptar sus cadenas sino que considerarlas un honor, buscarle el lado bueno.
Se trataba de estertores de agónico, el relativismo ya había triunfado promovido por esa izquierda que le hizo caso en todo a la derecha y hasta intentó superarla. Qué mejor modo de romper con el pasado, y su pesado lastre de créditos castigados, familiares y amigos masacrados, en suma del fracaso absoluto y su impronta, que impostar un nuevo comienzo desde cero, esta vez desde un liberalismo amnésico, aséptico, científico y millonario.
Un nuevo Chile que nació con “Los tres unplugged” en MTV, una nueva canción chilena que incorporaba los ritmos del pasado pero jamás sus urgencias, sus deseos y su confianza en los porvenires colectivos.
Los de derecha consolidaron sus creencias, esquizoides y todo, el que todos se hicieran fachos no implicó que convergiéramos, que nos re fundaramos en colectividad. No fue así pues los de derecha se hicieron, aún más, hacia la derecha.
Podría haber quedado todo en su sitio si no fuera por un presidente tan incompetente como el que tenemos, alguien que ha trabajado 24/7 en pos de la revuelta social, como ningún hamburgesojista pone bombas hizo o soñó. Piñera, nuestro gran revolucionario, tomó un país facho y apático y lo transformó en uno interesado en la política... y casi igual de facho, aunque con una voluntad declarada de querer dejar de serlo.
Lo que para los de los noventa fue MTV unplugged para los jóvenes de hoy, bautizados vaya a saber uno porqué agencia como generación Y, ha sido la música callejera de los perdigones y el baile de la huida de la represión de las fuerzas especiales.
Las preguntas existenciales han dejado de tener cabida y todos se disputan el micrófono, ya no para dudar, para “provocar” con intervenciones alambicadas, sino que para afirmar, para sentenciar.
Cómo no adherirse a esas querellas de quinceañeros, nos nace aplaudir y gritar loas pues a nuestra generación se les negó el don de la infalibilidad que todo joven y Papa tiene.
Pero si reflexionamos un momento, un breve instante, nos daremos cuenta de lo vacío de cada una de esas sentencias, y si miramos a los ojos a quienes tienen 20 años menos seremos testigos de la disonancia cognitivo conductual, entre lo que afirman, con la infalibilidad hormonal de la adolescencia, y el temor y la duda del fracaso en sus frágiles espaldas que como un pesado lastre tienen que cargar.
Y es ahí cuando pienso que los noventa, y su secuela, no fue una total y absoluta pérdida de tiempo.
La fe ciega de los sesenta debía concluir necesariamente en una reflexión profunda de los cimientos roídos de la izquierda.
La historia, la política, y los amores, no son vehículos de fórmula uno que pueden hacerse a un lado de la vida para ser reparados, se trata de una una máquina que no es posible apagar y que toda reparación es en caliente, la oportunidad para estropear lo poco construido.
La vacía convicción de nuestros jóvenes nos devolvió la masividad callejera, la comunión a través de las consignas, pero la incapacidad de transformar tanta energía en poder político quizá esté dado por haber interrumpido un proceso de reflexión que ni siquiera había comenzado.
Muchos han querido anotarse triunfos menores usurpando el rol de ventrílocuos de la movilización del dos mil once, acuñando frases presuntuosas para que los incautos crean que ha sido la culminación, exitosa, de un proceso en vez que una serie de errores no forzados de un gobierno a cargo de un patán, egocéntrico y porfiado como sólo las mulas pueden.
No ha pasado nada, lo peor es hablar más de la cuenta en vez que aprovechar la oportunidad para el reencuentro, para interpelar a los demás, para comenzar de una vez por todas la discusión sobre qué es, qué puede ser, y qué debe ser, la izquierda chilena y del mundo.
Este libro se escribió porque no existe uno equivalente, al menos que me sirviera como guía, para continuar esta reflexión.
Unos vituperan contra los gringos sin aún encontrarles un lugar en la ecuación, otros se abrazan a una asamblea constituyente como panacea mientras los más colocan a los DDHH, en retrospectiva, arriba de un pedestal.
Todo esto ocurre mientras la izquierda aún no es capaz de incorporar a la filosofía moral en su doctrina. Conmemoramos 40 años del comienzo del terror ( o de su incremento ) y aún no existe ningún texto de izquierda que nos diga porqué no se deben violar los derechos humanos.
EEUU falsifica evidencia ante nuestros ojos para aniquilar a otro país, la mira está sobre Siria, abusando, una vez más, del derecho humanitario ( el imperialismo humanitario ) para justificar una operación militar bursátil que le será altamente rentable. La respuesta de la izquierda es más de lo mismo, que imperialismo, que los gringos, que la evidencia es falsa, nada que se haga cargo de lo sustantivo que hay en juego.
La antigua Delfos hospedaba el oráculo y sus gases intoxicantes y alucinógenos, era el destino más cotizado de la Grecia antigua. Un empresario-militar-gobernante, como muchos de los que conocemos, como Obama o Pinochet, tuvo una “genial” idea, intoxicar los manantiales de la ciudad puerto con la que se accedía al oráculo. Mató a todos sus habitantes, y la repobló con personal de su confianza y así hacerse del monopolio del turismo, las ofrendas y los tributos.
Negocio redondo. Salvo por algo, los griegos comprendieron cual era el límite tolerable para el terror, el que siempre será un componente esencial dentro un Estado. Fue la repulsa moral, que dependió de una reflexión moral, la que los llevó a codificarlo en un precepto legal, en una norma moral respaldada por la fuerza. Nació entonces el juramento hipocrático, un código que aún nuestros médicos dicen respetar. La química no se usaría para quitar la vida y los médicos usarían sus conocimientos sólo para la sanación.
En una norma tan usual como olvidada, empero aún vigente, se proscribió el uso de armas químicas y se estableció un límite al horror de la guerra.
23 siglos más tarde los EEUU amenazan exterminar a Siria por haber violado el juramento hipocrático, actuando de igual forma que el político-empresario-militar que eligió exterminar un pueblo para establecer su monopolio. Los DDHH van y vuelven como palabras gastadas, como su único soporte moral es el liberalismo la izquierda no hace más que graznar cuando se enfrenta a estos cada vez más frecuentes horrores.
Y cuando recordamos los cuarenta años ¿Qué tan de izquierda es colocarse en el lugar de las víctimas y acusar a los enemigos de victimarios? ¿Qué tan de izquierda puede ser buscar artimañas para que los tribunales se hagan cargo de la venganza a la cual hace bastante renunciamos de puro derrotados que estábamos?
Escribí este libro cuando la reflexión sobre los DDHH era necesaria, una serie de avatares, como los que constituyen la historia, impidieron su publicación y la dilataron hasta hoy, cuando la reflexión dejó de ser importante y se transformó en urgente.
Puede ver las fotos del evento en el siguiente enlace

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