Bastará un tenue fulgor para iluminar las tinieblas.
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lunes, 25 de agosto de 2014
La filosofía maruchán y su poncho modelo 2011.
3:37 p.m. | Publicadas por
azeta |
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Mayonesos y mayolesos.
Por
Ariel Zúñiga Núñez.
Imperativo se hace volver al meollo del asunto y desde ahí a su
raíz. El problema no es la sociología ni sus falsos profetas, ni la
necesidad de colocar el pan arriba de la mesa, ni la codicia, ni la
dificultad de resistir a los halagos que hace de los triunfos
pasajeros la antesala del desastre, ni los mimos de la elite y sus
medios, ni las -y los- groupies que aparecen con la misma facilidad
con que dispensan felatios fictos y salivados, los que se deben
aceptar ya pues caducan al apagarse los focos. El problema no es la
historia de pesares, el lastre de dolor con que carga aquel que no le
queda más que malgastar su tiempo leyendo y pensando, su doméstica
tragedia y su porno emocional. Tampoco del o las modelos que se tropiezan, ni de los gobiernos que entran remodelando todo.
Nadie gasta mil pesos en un libro en que consten aquellos
predicamentos de quinceañera pues el lector que se fascina es porque
está en una peor posición del que imprime su verborreico escape, al
que compasivamente se le compara con la sublimación. Y seamos
justos, tampoco el lector se fascina, suele rumiar el día a día con
un libro sobaqueado esperando a la musa literaria que caiga rendida
ante un párrafo recitado como si se tratase de una verga gorda,
erecta y servida al plato.
Lejos de la glamorosa y ejemplar vida del escritor con la que el
lector, o paseador de libros en axila, regateador y coleccionista de
libros que no lee, y engrupidor furtivo con párrafos de solapa, se
esconde el mayor de todos los fracasados, aquel que le fue imposible
encontrar un modo saludable de relacionarse con sus semejantes y se
ha prevalido de un rebuscado artificio para colocarse por sobre ese
pequeño grupo de la población que aún lee y todavía no publica.
Ese escritor siempre será el niño apartado por raro y torpe con la
pelota, y ese fracaso lo deberá cargar como un chancho al hombro por
el resto de sus días, por más que chapotee en oropeles o que el
dinero le permita comprar un coro que silencie esa pequeña voz
interior.
Y si el eslabón débil de la cadena del escritor promedio es así se
frágil qué queda para aquellos que nos decimos intelectuales.
Porque es muy diferente crear mundos ficticios para resolver nuestros
demonios que hacer del mundo una ficción y a nosotros los portavoces
de la trama.
Dicha petulancia exponencia la fragilidad de nuestros cimientos y
fuerza a seguir una serie de rutinas para evitar que la imagen que se
ha proyectado de nosotros nos aplaste. Una de ellas, la más vieja de
todas, consiste en no retractarse públicamente de nuestros juicios.
Es mejor quedar de majadero que de vendedor callejero de la princesa a caballo;
como dirían en cualquier cuneta hay que morir en la rueda.
Y fuera de lo transgresor a las normas capitales de la pretendida
intelectualidad no se nos debe escapar el colosal error performativo
que implica des decirse de una teoría. ¿Acaso creerá ese señor
que subirá o bajará la cotización bursátil de la editorial
planeta por sus extemporáneos gimoteos? ¿O los millones de
seguidores se arrojarán a la pira cual novias indúes y es preciso
contener tamaña calamidad?
Siendo justos al señorito Mayol no le habría alcanzado ni para
llegar a la segunda vuelta en una elección para semaneros, sin
embargo ahí nos lo tuvimos que bancar como aspirante a vaca sagrada
y como evidencia biopolítica del fracaso del 2011.
Fuera de todos los miles de errores y horrores, el peor de todos es
tratarnos de decir que su tesis fue refutada por la realidad como si
en el mundo que tenemos, y lo tenemos así entre otras cosas gracias a los esfuerzos
desplegados por los mayolesos, la sinceridad tuviera un lugar.
El rol del intelectual es hablar al último, no el de anotarse como
el primer gil que copia y pega el espíritu de la época y corre a
las imprentas para firmarlo con su nombre. En el caso en comento hay
que ser justos y acotar que no se trató de algo tan elaborado, sino
más bien de un pomposo reportaje, con aires de petulancia que solo
son posibles en un país de iletrados como este en que los filósofos
no cumplen ningún otro rol salvo el de engrosar las tasas de
alcoholismo. En un país que se precie habría sido abofeteado por su
editor y jamás tal mamarracho habría sido puesto en las góndolas
del retail. Un bistec en su ojo amoratado y en tres días asunto
resuelto.
Pero en esta republiqueta dio para sesudos comentarios de sobremesa,
editoriales, columnas de opinión, cartas al director, tuiteos,
laterones eternos de quinta fila de conversatorios, y animadas
discusiones entre cacha y cacha en moteles sin tevé cable.
Los estudios internacionales nos avalan, nuestra educación es un
asco, y para muestra este botón de oro de como se tragaron tamaño
anzuelo y sin carnada.
Fuimos educados por aquellos que aún no superan los sesenta y ahora
debemos aguantar a medio país que aún cree en el viejo pascuero
del 2011.
Al menos la deshonesta honestidad intelectual de Mayol, aún cuando
llegue a destiempo, nos libera de una tontera menos en qué pensar.
Esperemos que los estudiantes, los pocos que aún no bajan los
brazos, superen pronto este trance de ver a su maestro de capa caída
retractándose de sus dichos mientras se guarda en el bolsillo
derecho la cicuta.
Es posible que esta primavera no sea desaprovechada y que todo
renazca, no como tragedia ni como comedia, sino como energía
contenida y comprimida, acumulada por siglos y del cual el 2011 fue
un mero anticipo.
Cuando ello ocurra, será tarde o temprano pero sucederá, será aún
más entretenido leer la re retractación de Mayol ante sí mismo y
la amañada historia de como fueron sus palabras las que inspiraron a
que los hambrientos pidieran pan y a los harapientos abrigo.
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