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lunes, 14 de diciembre de 2009

Bienaventurados los inconsientes.

Por Ariel Zúñiga Núñez (Azeta Ene)


Eran felices por no saber nada del mundo ni de ellos mismos mientras yo arrastraba el peso de la lucidez como un saco de papas sobre mi espalda.”

Podemos en último caso comprender, hacernos conscientes de nuestros deseos y miedos pero es casi imposible que podamos controlarlos al punto de desear y querer aquello que elegimos.”


Desde niño que cautiva mi atención la relación entre personalidad y signos zodiacales. Me parecen absurdos los horóscopos así como toda la brujería de poca monta; también esa relación astral del cual retóricamente dependen. Mi sesgo científico, positivista me imputarán algunos, impide conceder alguna importancia a un evento tan irrelevante como el nacimiento como para signar a alguien. Mi teoría es que los espermios y los óvulos sí son influidos por las estrellas, o por el clima, o por lo que pasa por la cabeza y los cuerpos de sus aportantes. Es distinto concebir a un niño en una playa en medio de una juerga veraniera que en un burocrático coito matrimonial a finales de marzo, quizá hasta en un día lunes. Ese tipo de detalles sí deben influir en una persona, pues, a diferencia de los embriagados en la explicaciones culturales, para mí un individuo también lo constituye su hardware, su cuerpo, estructurado genéticamente.

En un mundo en que los hombres están signados no sólo por su educación, por su socialización, sino que también por esos azares astrales, la libertad y la razón, axiomas iluministas, son eclipsados por una fatalidad griega de seres que son y actúan de acuerdo a un plan escrito por otros. La lucidez, atributo proscrito por el cristianismo, nos permite hacernos conscientes inclusive de estas determinaciones y dirigirnos a la razón y a la libertad, pero inexorablemente la contemplación del mundo en su vulgar desnudez es una imagen irresistible y a la vez, imposible de borrar de nuestra mente. Para muchos es casi imposible tolerar su propia existencia luego de tamaño avistamiento.

El psicoanálisis invirtió los valores occidentales. Desde su emergencia nunca más la razón guió la conducta humana sino que a la inversa, se canonizó el principio que el hombre actúa por inconfesables e inconsientes motivos expresados, por obra y gracia de la cultura, en racionales motivaciones. La razón sólo existiría para racionalizar nuestros atávicos deseos y miedos que son quienes guían nuestra conducta más allá de las complejidades éticas con que la verbalizamos.

En tal caldo irracional las características irrevocables de nuestra personalidad signadas zodiacalmente no hacen más que enriquecer la compresión del ser humano y hacer aún más falaces las apelaciones liberales y ciudadanas que comienzan y terminan argumentando desde un ser humano que existe tan sólo en sus cabezas. Sea por hormonas o por los genes, por las mareas o por los astros, cualquiera que se haya puesto a pensar en el asunto debe reconocer que existe una diferencia sustancial entre los de signo piscis y los de virgo, y extraordinarias similitudes entre los miembros de algún signo. Si lo vemos desde el prisma de la brujería, sistema de pensamiento anterior en decenas -y quizá centenas- de miles de años a la ciencia y por ende con un acervo más rico y vasto que el de ella, sólo algunos seres humanos están signados con esas características que le permitirían actuar reflexivamente, siendo generosos apenas la mitad por una mera cuestión zodiacal.

Y así como los seres humanos reaccionan inmediatamente a los químicos presentes en su cuerpo, en especial las hormonas, los estimulantes o los alucinógenos, razones más profundas hacen que algunos produzcan dichos químicos o que actúen de forma diversa tras su ingestión o producción. Y hasta razones muy profundas invariables e inmanejables harían que algunos actuemos racionalmente o que simplemente nos sirvamos de la racionalidad formal del lenguaje para justificar nuestra conducta. Podemos en último caso comprender, hacernos conscientes de nuestros deseos y miedos pero es casi imposible que podamos controlarlos al punto de desear y querer aquello que elegimos.

El iluminismo propone que la razón es una linterna que nos permite ver la realidad. La lucidez en cambio va por el carril opuesto, se ve con los ojos de lucifer, es decir, se contempla la inconmensura, el infinito, la totalidad, aquello que debe verse con los cinco sentidos a la vez. La lucidez es la pregunta inapropiada junto a su respuesta, es comprender la insignificancia de todos los empeños, que una luz fugaz sobre la oscuridad abrasiva de la estepa es superior al legado del ser humano más influyente de su época. Es ver hacia afuera y hacia adentro, aceptar que podemos comprender al mundo y hablar de él pero que el diálogo entre los humanos es una quimera, y mucho más lo es sus consecuencias, sus conjugaciones, como la amistad, el amor, la familia, la patria, el partido, el estado, la política.

Desperté a las ocho de la mañana en una habitación que no es la mía con el ardor del licor en mis labios y esa sed que sólo la cerveza puede remediar. Mientras caminaba a mi casa hordas de maipucinos peregrinaban felices, como en una fiesta religiosa popular, como en un rito pagano institucionalizado, para sufragar. Sólo faltaba que cantaran una canción como los esclavos marchando a la zafra. El brillo de sus ojos escrutaba mi oscilante estampa y mi vaho pestilente, era tal su altivez que sólo la incomprensión de todo, de absolutamente todo, podía justificarla. Eran felices por no saber nada del mundo ni de ellos mismos mientras yo arrastraba el peso de la lucidez como un saco de papas sobre mi espalda.





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1 comentarios:

Von Pathoven dijo...

Vamos a ver, mi estimado; ni la razón, ni la lucidez le ha sido otorgada a una masa borreguil votante ( y para rimar; aunque suene pedante ) del Chile postneoliberal. Esto está ya de cajón para el cementerio.

Sin embargo, los chilenos pasamos por alto ( o ¿ relegamos al subconsciente ? ) el único "chiste" de Condorito que anunciaba la ¿ Etapa ?, ¿ Era ? postmoderma: aquel donde buscaban, los chilenos o el condoro, las llaves bajo La Luz Del Farol, cuando en realidad se habían perdido más allá, en las sombras.

En esas circunstancias la extrema lucidez o la mínima razón la traía alguien que por allí pasaba...como los `cometas del amor´ ( ¿ Los espermios ? )

En todo caso, habrá que tener bolas de piedras para seguir cruzando el orbe chilensis que se nos cierne.

salud y ánimo

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